FES Seguridad ¿Evoca Donald Trump la Doctrina Monroe? 24.06.2026 Robert P. Matthews El presidente Trump y su agresiva política hacia el hemisferio occidental, que pretende revivir la Doctrina Monroe y su corolario, se encuentra en pugna con la realidad históricamente distinta de América Latina, las limitaciones al uso de la fuerza por parte de EE. UU. y la presencia de China. Imagen: Creator: Imagen cedida por Robert P. Matthews Por Robert P. Matthews Traducción al español de Yenni Castro (Valestra Editorial) La presión política y la fuerza militar que Donald Trump ha estado empleando últimamente en la zona del Caribe no se veían desde las primeras décadas del siglo XX. Al afirmar que el hemisferio occidental es la máxima prioridad de Estados Unidos, la Estrategia de Seguridad Nacional 2025 de su Administración revive explícitamente la doctrina Monroe y califica esta “recién descubierta” atención y reafirmación del dominio regional como un “corolario de Trump” a dicha doctrina. Trump también citó la doctrina Monroe para justificar la captura del líder venezolano Nicolás Maduro y bromeó diciendo que se había actualizado a la Doctrina Donroe. Sus políticas han dado lugar a numerosas referencias en los medios de comunicación al Mensaje al Congreso del presidente James Monroe, emitido en diciembre de 1823, en el que advertía a las potencias extranjeras (es decir, a las potencias europeas) contra cualquier intromisión en el hemisferio; y al belicoso corolario de 1904 del presidente Theodore (Teddy) Roosevelt en relación con la doctrina Monroe, en el que reivindicaba el derecho de Estados Unidos a hacer uso de su fuerza militar para hacer cumplir dicho principio. En la medida en que las políticas de Trump retoman cualquier aspecto histórico, estas se relacionan cada vez menos con las antiguas declaraciones de principios del siglo XIX y más con el agresivo corolario de Roosevelt de principios del siglo XX. Asimismo, se hacen eco del neoimperialismo estadounidense en la región del Caribe que se dio posteriormente durante décadas. Sin embargo, ninguna de estas alusiones es del todo pertinente, tanto por el carácter peculiar de la personalidad, la conducta y las acciones de Trump en el extranjero como por el contexto actual y todos los cambios que ha experimentado con respecto al de hace más de un siglo. La declaración unilateral de Washington en 1823 advirtió a Europa de que Estados Unidos consideraría cualquier intento europeo de recolonizar o intervenir militarmente en el hemisferio como un acto hostil. Sin embargo, durante el resto del siglo, las palabras de Monroe resultaron en gran medida inaplicables y fueron ignoradas en las principales capitales europeas. De hecho, la doctrina Monroe fue violada repetidamente durante el siglo XIX por España, Gran Bretaña y Francia. Por tanto, esta doctrina parece una medida demasiado pasiva e históricamente ineficaz como para servir de referencia a las acciones de Trump en la actualidad. A finales del siglo XIX la expansión estadounidense, impulsada por su creciente poderío económico y militar y por una fe ardiente en el “Destino Manifiesto” estadounidense, alimentó la guerra contra España en 1898. La guerra y sus botines territoriales anunciaron la llegada de Estados Unidos como gran potencia; la adquisición de Puerto Rico y la creación de un protectorado sobre Cuba, entre otros acontecimientos regionales, centraron cada vez más la atención de Washington en la seguridad del Caribe. Las nuevas circunstancias también abogaban por un renacimiento y una actualización de la doctrina Monroe y su validación como dogma. Pronto, la agitación política y la corrupción entre los gobiernos de lo que Washington consideraba entonces como el primer anillo de su perímetro de seguridad nacional (un talón de Aquiles) provocaron la intervención naval europea para proteger los intereses financieros y patrimoniales de sus ciudadanos. Al prenderse las alarmas en Washington, se sentaron las bases para renovar el dogma de 80 años de antigüedad con una agresiva estrategia ofensiva. En diciembre de 1904, Roosevelt promulgó un corolario que transformó la advertencia diplomática de Monroe en un aval para la intervención. Estados Unidos quedaba justificado para actuar como un cuerpo policial internacional en el hemisferio para defender la doctrina Monroe. Comenzó entonces la era de la “diplomacia de las cañoneras”, de “hablar suavemente y llevar un buen garrote”, a la que le siguieron varias décadas de intervenciones militares, políticas y económicas en la cuenca del Caribe. Las fuerzas estadounidenses ocuparon y controlaron el gobierno, la política y las finanzas de media docena de países de Centroamérica y el Caribe — siendo cuatro de ellos Cuba, la República Dominicana, Nicaragua y Honduras— durante más de cincuenta años, hasta que el imperialismo caribeño de Washington se vio interrumpido por la política del Buen Vecino de Franklin Roosevelt a mediados de los años treinta del siglo XX. Trump retomó el hilo donde lo dejó aquella era del imperialismo estadounidense en el Caribe. Les declaró la guerra a los cárteles de la droga latinoamericanos, destrozando decenas de embarcaciones bajo sospecha de tráfico de drogas y matando a sus ocupantes; acosó a Colombia y a México; amenazó con apoderarse de Groenlandia por la fuerza; aparentemente, se estuvo preparando para tomar el control de Cuba, y llevó a cabo en enero una operación militar para capturar al presidente venezolano Nicolás Maduro y llevarlo a juicio en Estados Unidos. Trump puede compararse en cierto modo con Roosevelt y su política hacia el Caribe. Tanto Trump como Roosevelt se pavonearon por toda la zona (y, en el caso de Trump, por todo el mundo) pregonando el poder y la autonomía con que actúa Estados Unidos —frente a la decadencia de casi todos los demás países—. Su grandilocuencia y su fe en la eficacia de las decisiones audaces y contundentes parecen ser un reflejo la una de la otra. La desconfianza de Roosevelt respecto a la pasividad inherente a la doctrina Monroe, que lo llevó a optar por la acción militar decisiva, parece prefigurar el rechazo de Trump hacia la diplomacia y su preferencia por la intimidación y la fuerza bruta. Ambos presidentes irradian un racismo explícito: un desprecio hacia los pueblos no blancos, sus países y, sobre todo, hacia aquellos líderes que consideran molestos. Pero allí terminan las semejanzas. El absurdo narcisismo de Trump, su obsesión implacable por dominar otros pueblos o naciones en beneficio propio, su insistencia en la rendición incondicional o en acuerdos que pueda vender falsamente como su marca personal de triunfo, contrastan con el nacionalismo sobrio y estadista de Roosevelt. El liderazgo internacional de Trump se caracteriza, una y otra vez, por alardear de sus éxitos diplomáticos, perder interés, pasar al siguiente espectáculo y no explicar ni resolver los detalles. Dejando a un lado las comparaciones históricas, lo cierto es que la política exterior de Trump, al igual que su presidencia y su personalidad, es sui generis. En los asuntos internacionales suele haber menos de lo que parece a simple vista, y su política y diplomacia hemisféricas hasta la fecha son más una postura que una estrategia. Las operaciones en el Caribe son más una sangrienta exhibición de fuerza que un obstáculo para el tráfico de drogas, o que una forma de proteger la seguridad nacional o de obtener beneficios económicos —y desde luego no buscan promover la democracia. Por último, el Caribe actual es un territorio muy diferente al de las épocas de Monroe y Roosevelt. Aunque Estados Unidos es el principal socio económico de América Latina, su influencia económica está siendo desplazada por las inversiones chinas en infraestructuras e inteligencia. A diferencia de lo que ocurría en el siglo XX, China también ha aumentado considerablemente su presencia financiera y económica en Suramérica, desbancando a Estados Unidos como principal socio comercial e inversor en países tan importantes como Brasil, Perú, Chile y Argentina. Además, las tendencias observadas durante este siglo indican que, dentro de su competencia estratégica con China, Estados Unidos seguirá perdiendo terreno en la región. Hoy en día, China supone una amenaza mucho mayor para la hegemonía estadounidense en América Latina que la que supuso en su momento la intervención europea. Por lo tanto, incluso si Trump gestionara la política exterior con la habilidad y la inteligencia de Teddy Roosevelt, la cosmovisión del actual presidente de EE. UU. sigue remitiéndose a una época que quedó atrás —y que por algo quedó atrás. El presidente Franklin Delano Roosevelt reconoció en su momento que, a la larga y ante la inminencia de la II Guerra Mundial, Estados Unidos necesitaría que estos países estuvieran de su lado; y cuando la guerra terminó quedó claro que crear un mundo multilateral basado en el consenso, con aliados fuertes y coaliciones duraderas, es la mejor forma de garantizar la paz y la estabilidad. Trump, con su discurso estridente y esgrimiendo el «gran garrote» de una superpotencia, es un anacronismo —y Estados Unidos será el más perjudicado con ello. Sobre el autor Robert Matthews es asesor y colaborador de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz (SIP) de Zaragoza, especializándose en la política y relaciones internacionales de Estados Unidos. Tiene su Ph.D. de la Universidad de Nueva York donde también enseñó por 25 años en el Centro de Estudios de América Latina y del Caribe como parte la Escuela de Posgrados. Durante veinte años en España ha estado asociado con varios institutos y publicaciones, investigando y escribiendo sobre la política exterior, cuestiones de seguridad, conflictos internacionales y guerras asimétricas durante y después de la Guerra Fría. Actualmente vive en Madrid y Brooklyn, Nueva York. Suscríbete a nuestro newsletter Este artículo hace parte de nuestro newsletter número 25 . Para recibir los próximos número en tu correo, haz clic aquí.